sábado, 19 de julio de 2014

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La venta rota, sus labios partidos, la pared quebrada, sus ojos perdidos, la cama arrugada, su alma gastada, mis ganas implícitas, las botellas vacías, su cuerpo tentador, mis tangas mojadas, su besar despacio, nuestros cuerpos entrelazados. 
Entre besos le pedí que se quedara, movió su cabeza en negación, las excusas empezaron a abundar y accedí, prometí que no lo buscaría que quizá esperaría a que se cansara de la vida y volviera a mí. Su despedida siempre era la misma un sopló de nicotina en mi cara, un beso en la frente y uno que otro apodo un tanto güevon pero siempre acogedor. Un día me había cansado de esperar que fuera permanente pero todo al rededor de él era temporal, esporádico como su mirar. El pasar de los días, el extrañar su sonrisa, el querer enredarme de nuevo en las sabanas, el necesitar de un amor mentiroso, el vicio constante de un querer cobarde y la búsqueda incesante de hallar formas de convencimiento para que un día me dijera buenos días y no -te veré después-.No podía dejarlo, tenía el cuerpo marcado, tenía los labios llenos de sus besos, tenía la materia gris llena de él. 
Como describir eso que el me hacía sentir, todo tan metafísico, físico, químico, energético. Nada como su lengua recorriendo mis cordilleras, su pupila dilatada buscando unos labios que morder, sus manos trazando un mapa en mi espalda y encontraba un tesoro en medio de gemidos y rasguños. Verlo dormir, tranquilo, dejando la ciudad de lado, dejando sus vicios de la puerta para afuera. Estaba hecho para mí, su pecho para mi descanso, sus labios para mis labios, sus manos para mis manos, su tranquilidad para mis impulsos, su ropa para mi frío, su lengua para mis ganas, sus manos para mis caderas, sus pasos para mi camino, sus palmas para mis nalgas, sus besos para mis ganas de que se quedara. 

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