¿Era lo correcto quedarme ahí, tan envuelta en su mirada o debía partir?
Es muy poco tiempo para tantas preguntas. Es mucho lo que siento para tan pocos besos y tan pocas palabras, esto es demasiado para un corazón que ya fue lastimado.
Basto conocerlo para quererlo; solo me abrazo para asegurarse que luego de que me soltara mis pensamientos se irían volando con él, me abrazo para que su olor a cigarro y dolor corriera por mis venas y de una manera inexplicable yo quisiera quedarme a su lado para protegerlo de algo que en ese instante ignoraba, y que ahora aun no logro comprender.
Me besa para atarme cada vez más a él, a su pasado, a su mirada perdida, a su mente tan ida. Me sujeta la mano para llevarme por su mismo camino, quizá para que no lo deje solo.
Pero tengo miedo, de sentir más para un adiós más que obvio, un adiós que ahora implícito se va dando.
Y no entiendo ¿Para que llegó? Porqué mejor evito un día hablarme, un día enredarme, un día hacer cada una de las cosas que poco a poco me llenaron las manos de ilusiones junto a él.
El comienzo fue tomar su mano, caminar a su lado, levantar la mirada, fijarla en él, sonreír al escuchar su risa, siempre tan dolida, escucharlo siempre tan mío. Me rodeaba con sus brazos, fuertes y cansados del pasado, me rodeaba el mundo y dejaba por fuera cualquier sentimiento de temor, me abrazaba los vacíos, me abrazaba las ataduras que aun me ligaban a amores de antaño y me liberaba en sus brazos. Me besaba y yo cerraba los ojos, señal de pérdida ante sus labios. Mientras me besaba sujetaba mi cintura, ya tan seguro que me debilitaba hasta su forma de tocarme. No esperaba que te quedarás pero sí esperaba tenerte aquí más tiempo, más besos, más risas, más nosotros. El final fueron sus palabras cortantes, sus miradas evasivas, sus palabras no dichas, sus abrazos no dados, sus besos cansados, su risa gastada y mi actitud siempre malinterpretada.
Quise poder recostar de nuevo mi cabeza en su pecho, dejar caer mi ser al suelo por acostarme a su lado, hundirme en su aroma, desvanecerme en la piel del hombre al que apenas empece a querer... Me frenó, todos sus demonios se agolparon contra mí y dijeron no, quizá desde el comienzo lo hicieron, pero me negué, al igual que él.
Y no entiendo ¿Para que llegó? Porqué mejor evito un día hablarme, un día enredarme, un día hacer cada una de las cosas que poco a poco me llenaron las manos de ilusiones junto a él.
El comienzo fue tomar su mano, caminar a su lado, levantar la mirada, fijarla en él, sonreír al escuchar su risa, siempre tan dolida, escucharlo siempre tan mío. Me rodeaba con sus brazos, fuertes y cansados del pasado, me rodeaba el mundo y dejaba por fuera cualquier sentimiento de temor, me abrazaba los vacíos, me abrazaba las ataduras que aun me ligaban a amores de antaño y me liberaba en sus brazos. Me besaba y yo cerraba los ojos, señal de pérdida ante sus labios. Mientras me besaba sujetaba mi cintura, ya tan seguro que me debilitaba hasta su forma de tocarme. No esperaba que te quedarás pero sí esperaba tenerte aquí más tiempo, más besos, más risas, más nosotros. El final fueron sus palabras cortantes, sus miradas evasivas, sus palabras no dichas, sus abrazos no dados, sus besos cansados, su risa gastada y mi actitud siempre malinterpretada.
Quise poder recostar de nuevo mi cabeza en su pecho, dejar caer mi ser al suelo por acostarme a su lado, hundirme en su aroma, desvanecerme en la piel del hombre al que apenas empece a querer... Me frenó, todos sus demonios se agolparon contra mí y dijeron no, quizá desde el comienzo lo hicieron, pero me negué, al igual que él.